Estoy dando un sorbo de pacharán en la barra del bar apreciando su paso amable por el paladar cuando otro cliente deja el periódico a mi lado. Me sobresalto con los titulares de su portada, son tan directos y descarnados que casi ofenden. “Descalabro”, “Quiebra”, “Rescate”… En un acto reflejo doy la vuelta al periódico ocultando su portada.
Viejos prematuros
Estoy
asomado a un puente viendo el río. Es un río truchero, o al menos lo era, y
estoy con el cuerpo apoyado en el muro del puente mirando el agua, intentando
en vano adivinar alguna trucha. Me incorporo al escuchar que alguien se acerca.
Es un señor mayor, un anciano que rondará los 80, y se acerca con esa mirada
directa que anuncia una conversación. “Qué, hay truchas”. “No lo sé pero desde
luego no se ve ninguna”. “Con las truchas que había aquí antes. Y no sólo
truchas, también cangrejos. De joven, cuando me apetecía merendar cangrejos o
cenar truchas sólo tenía que bajar al río un rato y ahora…”
Rojo pacharán
Apoyado en la barra veo cómo el pacharán navarro cae desde la botella en mi copa. Y vuelvo a sorprenderme con su bonito color rojo cereza, lleno de brillos al chocar con el fondo de la copa.
La historia del pacharán
Normalmente la primera vez que alguien te da a probar el pacharán te cuenta alguna historia sobre su origen. Por ejemplo que hace cien años el pacharán se tomaba en cuchara, como un jarabe para el dolor de estómago. Que lo guardaba la madre junto a otros remedios y se lo daba hasta a los niños cuando les dolía el estómago. Y que muchas veces los niños mentían a la madre para que les diera una cucharada.
Vuelvo a pescar
Hoy
me he levantado muy temprano. No hacía falta madrugar pero me era prácticamente
imposible dormir. Como cuando era chico: todavía recuerdo cómo la ilusión me
desbordaba cuando se acercaba el primer día de apertura de la veda de pesca. La
noche de víspera era imposible dormir: me imaginaba en el río, una trucha
enganchada al otro lado del sedal… Daba igual que al día siguiente no pescara
nada, que durante el año pescara únicamente algunas chipas y barbos… porque el
año siguiente de nuevo no dormiría la víspera de la apertura de veda
imaginándome con una gran trucha en el sedal.
Pedir perdón
Hace
unos días me quedé sorprendido al ver en televisión a una personalidad pidiendo
perdón públicamente por algo que había hecho mal. “Lo siento mucho, me he
equivocado. No volverá a ocurrir.”
Carajillo de pacharán
Después
de cenar no tomo café porque luego me resulta imposible dormir. Sí, ya sé que
también lo puedo tomar descafeinado, pero cuando lo hago tampoco duermo bien:
será la sugestión de su sabor, las dudas por si se equivocaron… así que también
lo evito.
Cotilleos
Hoy he comido cerca de casa de mis padres y me paso a tomar la copa de pacharán con ellos. Les gusta tomar el pacharán como a mí, a pequeños sorbos, mientras hablamos de nuestras cosas.
La
vida familiar siempre la hemos hecho en la cocina y así sigue siendo. También
mantengo mi rutina al entrar en ella: me acerco al televisor, siempre
encendido, y apago el siempre presente programa de cotilleos. Es curioso el
nombre del que suele estar en la pantalla, Sálvame, porque salvado me siento en
cuanto lo apago.
Maestro de nada
Las
comidas familiares suelen comenzar con algunos nervios: ¿está la mesa puesta?,
al asado le falta media hora, ¿dónde está el vino?, no me digas que nadie ha
metido el cava al congelador…
Pero
terminan en un momento de relajación y conversación con la copa de pacharán
navarro que siempre tomamos después del café. Tomamos la copa como más nos
gusta, a pequeños sorbos, mientras hablamos de cualquier cosa: del tiempo, de
los peques, de las plantas…
Umami
La semana pasada hice una cata y en ella me hicieron recordar cosas que ya casi tenía olvidadas. “¿Cuántos sabores hay?” nos preguntaban, “Cuatro” respondíamos todos: “salado, ácido, dulce y amargo”. Dónde se detectan, por qué,...
El pacharán y los recuerdos
Estoy de nuevo en la barra disfrutando mi copa de pacharán navarro a pequeños sorbitos, como a mí me gusta. Y viene a mi memoria la canción que escuchaba esta mañana en el coche. Un grupo poco conocido, Le Punk, cantaba “No se puede vivir del recuerdo. Ni vivir sin recordar”.
Miradas
Hoy estoy tomando la copa de pacharán en mi bar preferido. Me gusta este bar porque no hay televisión y siempre puedes escuchar música, además a un volumen que permite mantener una conversación.
A esta hora de la tarde no hay mucha gente pero la barra está ocupada; yo encontré un hueco al fondo y allí tomo mi copa a pequeños sorbos, como a mí me gusta.
Echo un vistazo al periódico por fuera, portada y última página, pero nada me interesa así que no lo abro. Levanto la vista y mi mirada se cruza con la de una chica al fondo de la barra; mantenemos la mirada unos segundos, casi llego a esbozar una sonrisa pero... menos mal que no sonreí: ya dejó de mirar.
Curiosa sensación esta de cruzar una mirada con una extraña, hay ocasiones en que parece que algo se transmita por el aire, casi puede sentirse. Como hoy.
Me he quedado algo nervioso. ¿Habrá sentido ella algo? Doy vueltas a mi copa, miro cómo el pacharán gira y moja las paredes, me entretengo así porque no me atrevo a levantar la mirada. Sé que si la levanto mi vista volverá a dirigirse a la chica.
¿Y si me está mirando? No sabría qué hacer, mantener la mirada, sonreír, volver a bajar la vista rápidamente...
¿Y si no mira? Claro, porqué iba a volver a mirarme, lo mismo estaba mirando a alguien detrás mío. Ahora sí que levanto la vista pero para mirar al otro lado: no allí no hay nadie, estoy al extremo de la barra.
Doy el último sorbo de pacharán y me despido del camarero. A ver cómo hago ahora para salir del bar, allí al fondo estará la chica. ¿Qué hago? ¿Dónde miro? Mejor al suelo, sólo me faltaría tropezar y caer encima de ella.
Llego a su lado, miro de reojo y... donde ella estaba sólo queda una taza vacía que el camarero ya está recogiendo.
Sol de invierno
Aunque todavía es invierno me estoy tomando mi copa de pacharán navarro en la terraza, a primera hora de la tarde, aprovechando este día tan soleado.
Sentado en la terraza disfruto exponiendo mi cara al sol, como si lo mirara con los ojos cerrados. Noto su caricia en la cara y una ligera sensación cálida en el cuerpo, transmitida por la ropa de abrigo que llevo puesta. Disfruto también el sopor, esa agradable sensación de somnolencia que sólo el sol de invierno es capaz de conseguir manteniéndome en una duermevela en la que nunca pierdo la consciencia.
Esperando la nieve
Como todas las mañanas llego muy temprano a la entrada del túnel del Perdón. Veo en la zona de aparcamiento un camión quitanieves parado, esperando. Había olvidado que hoy también anuncian riesgo de nevada y piden precaución en las carreteras. El frío no lo había olvidado, imposible olvidarlo con el abrigo puesto dentro del coche.
Naufragamos
Termino mi café y disfruto el aroma de mi pacharán navarro servido en copa, como a mí me gusta. Me distraigo porque alguien deja un periódico a mi lado, encima de la barra. En la primera página destaca la fotografía de un barco muy grande totalmente escorado, acostado sobre el mar. No necesito leer su nombre, ya todos lo sabemos: Costa Concordia.
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