Vaya mes de marzo el que estamos teniendo. Y es que, acostumbrados los últimos años a marzos que mayean, nos ha pillado por sorpresa un marzo lluvioso y ventoso como nunca habíamos visto. Al menos, a los pacharaneros nos ha aportado tardes maravillosas para disfrutar viendo cómo el viento zarandea los árboles mientras damos pequeños sorbos a nuestra copa de pacharán.
Pero hay más consecuencias de este clima adverso. Las encontramos si damos un paseo estos días por los campos de Navarra o cualquier zona con endrinos: nos daremos cuenta de que este año cuesta ver las características manchas de inmaculadas flores blancas en las orillas de ribazos y caminos. Vemos en su lugar arbustos con manchas grisáceas y amarillentas, con numerosos capullos de flores esperando un poquito de calor para abrirse y deslumbrar con su, otros años, habitual blancura. Estos capullos, hartos de esperar, terminan abriendo a destiempo sus pétalos mojados y ya amarillentos. Y mayor parte de las flores se las llevará el viento agotadas, sin haber logrado llamar la atención de las abejas, que además permanecen en sus panales como siempre que el viento sopla a más de 30 km por hora, sabedoras de que no podrían volver a su panal volando contra estos vientos.
Y nos encontramos con que, a pesar de que los pacharanerois hayamos disfrutado de alguna sobremesa hablando de lluvia y viento estos días, pagaremos las consecuencias este otoño cuando encontremos sólo unas pocas endrinas en los arbustos que otros años llenaron nuestra cesta. Porque está mala polinización supondrá que haya zonas con pocas o ninguna endrina. Y entonces algunos voceros, sin acordarse del tiempo de este inicio de primavera, nos dirán que los endrinos son veceros y que, este año, no tocaba.