El pacharán, la cigarra y la hormiga


Terminamos la comida y el camarero nos ofrece copa de pacharán, navarro por supuesto. Acepto encantado, como siempre, pero también como siempre empiezo a escuchar el “canto” a coro de mis compañeros de mesa: que si el pacharán tiene azúcar y engorda, que si ya bebí demasiado vino…
Mientras lo dicen todavía sorben el último trago del café endulzado con sacarina, empujando con su amargor el dulzor y la consistencia de la nata que rodeaba el dulcísimo postre que tomaron. Y me siento como la hormiga de la fábula: porque yo no pedí el postre dulce que ahora les amarga el café con la sacarina del remordimiento, tampoco apuré el vino para “guardarme” un poco de alcohol y tomarme la copa que sé me apetecerá tras la comida.
Por eso yo termino mi comida con el dulzor y amabilidad del pacharán navarro en mi boca y lo saboreo a pequeños sorbos, como a mí me gusta, mientras escucho de fondo el canto amargo y triste de las cigarras en mi mesa.
Y recuerdo que tampoco me gustó nunca el canto de las cigarras del campo en las tardes del verano: tan aburrido, tan previsible, tan repetitivo.
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