¿Escampará?



Disfruto los últimos sorbos de mi copa en mi momento pacharán, escuchando música mientras recuerdo cosas del día.
Esta tarde llegaba a casa a mi hora habitual. Venía pensando en la conversación que acababa de tener con dos compañeros de trabajo. Es fácil recordarla: se parece tanto a las que últimamente mantenemos con la familia, con los amigos. Conversaciones que hablan de cierres, despidos, prima de riesgo, crisis, todas ellas sin final porque cuanto más se habla peor es la situación que se describe. Un pozo sin fondo.
Lo mismo ocurre en la sala de espera del dentista, en la fila de la pescadería, en el ascensor... Y pienso que, de un tiempo a esta parte, las conversaciones rutinarias que deberían aportar comodidad al tiempo compartido con un desconocido se han vuelto insoportables y tristes.  No hace mucho llenábamos esos ratos hablando de fútbol o del tiempo: lleva dos días lloviendo pero parece que mañana sale el sol repetíamos hasta el hastío en el ascensor. Pero ahora hablamos de otra borrasca muy distinta. Y ésta es muy peculiar porque no escampa, no parece tener fin o al menos no lo vislumbramos.
Por eso terminamos las conversaciones recibiendo del vecino, del amigo, del compañero de trabajo una mirada de tristeza o desencanto cuando no de resignación: qué le vamos a hacer, esto es lo que hay. Sólo consigues que te sonrían si les llevas la contraria y se te ocurre decir en voz alta lo que en realidad todos anhelamos: que esto no puede durar mucho, que en seguida tiene que empezar a mejorar. Y es peor porque entonces ves dibujarse en la cara de tu vecino, amigo o compañero de trabajo esa sonrisa de condescendencia, esa mirada que se dedica a los inocentes, a los incautos, a los ilusos. Así que mejor asentir aunque sea para ver su cara desdibujada con esa tristeza resignada.
Con estos pensamientos llegaba a mi casa.  Al entrar en el portal, como siempre, me paro a abrir el buzón y, mientras reviso la correspondencia para rechazar la publicidad entra una vecina. Hola, buenas tardes. Buenas tardes. Me quedo repasando la correspondencia, deseando que el ascensor esté en la planta baja para que la vecina suba. Porque ya imagino la conversación que me espera. ¿Has visto que ya han cerrado otra tienda? Esto sigue empeorando, no sé qué va a pasar... y despedida  con cara triste. Prefiero esperar mientras sube sola y el ascensor vuelve a bajar para no arriesgar. Pero no, mala suerte, el ascensor no está en el rellano y, por lo que tarda, seguro que estaba arriba del todo. Dejo de disimular con la correspondencia y me acerco al ascensor. Fuerzo una sonrisa a mi vecina y pienso: que hable del tiempo, por favor.
Entonces me doy cuenta que la única solución es vencer esa timidez que me hace esperar a que los demás inicien conversación. Me fijo en su paraguas, todavía húmedo, y soy yo quien habla. Parece que no va a parar de llover. Sí, llevamos ya dos días. Dicen las previsiones que mañana también llueve pero para el fin de semana dan sol. Qué bien, ya tengo ganas de un fin de semana con buen tiempo, termino sonriendo. Y Ella también sonríe cuando se despide al salir del ascensor en su piso.
Y me doy cuenta de que recurro a lo que antes tanto me cansaba: la intranscendente conversación del tiempo. Pero es que hoy me parece un bálsamo porque estas tormentas de lluvia sí que escampan y las previsiones siempre nos dicen cuántos días durará el mal tiempo.
Doy otro sorbo a mi copa de pacharán y sonrío pensando en el fin de semana sin lluvia. Y mientras escucho el último disco de Albertucho vuelvo a sentir esa alegría que, cada vez más a menudo, parece dedicarse a jugar al escondite.


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