Pacharán y catarro


Ojeo titulares en el periódico del bar mientras tomo mi pacharán a pequeños sorbos, como a mí me gusta. A mi lado escucho un fuerte estornudo: mi compañero de barra lleva un trancazo tremendo.
Entonces recuerdo que hace sólo dos semanas era yo quien estaba acatarrado. Tanto que notaba continuamente una fuerte presión en la cabeza, los oidos taponados me obligaban a oir todo con un fondo de olas como si escuchara a través de una caracola y tenía la nariz totalmente atrofiada: casi no podía ni respirar y hasta yo notaba esa voz gangosa que tan divertida resulta a veces cuando se la escuchamos a los demás.
Esos días también me tomaba mi copa de pacharán tras las comidas y recuerdo lo distinta que me sabía: estaba claro que faltaban muchas cosas, todas las que mi atrofiada nariz no conseguía captar. Porque esos días comprobamos nosotros mismos que es cierto que con la nariz apreciamos los aromas de todo cuanto comemos. Y sólo cuando perdemos la capacidad del olfato nos damos cuenta de que es el sentido más importante para disfrutar de los alimentos.
Porque no sólo era el pacharán lo que no me “sabía” a nada: lo mismo me ocurría con todo lo que comía. Daba igual qué comiera o bebiera durante el catarro, sólo apreciaba sus texturas y sabores, que estos días veía tan limitados: sólo esos cuatro que estudiábamos en la escuela (salado, dulce, ácido y amargo) y ese quinto que ha aparecido desde entonces (el umami).
Claro que cuando estás acatarrado no estás para pensar en estas cosas… Y se me ocurre que, sin embargo, puede ser éste un buen momento para hacer algunas comprobaciones. ¿Cómo me sabrá el pacharán si lo tomo con la nariz tapada? A fin de cuentas es lo que nos ocurre cuando estamos acatarrados: se nos cierra la vía respiratoria de la nariz…
Sin pensarlo más me tapo la nariz con los dedos y doy un sorbo de pacharán. Inmediatamente reconozco su entrada fresca, el paso por boca amable, denso… Cuando doy el trago noto esa presión que recuerdo de cuando estoy acatarrado, incluso me parece que parte del sorbo se niega a abandonar mi boca al no poder superar esa presión que se genera desde la nariz taponada. También se me taponan los oídos y hace que vuelva a escuchar a través de la caracola. Y por supuesto no aparecen las sensaciones placenteras de los sorbos anteriores. Ni rastro tampoco de los aromas afrutados ni ese fondo anisado que tanto aprecio en mis sorbos de pacharán.
Me quito los dedos de la nariz y, en un acto reflejo, inmediatamente doy un trago de saliva. Desaparece la presión, se liberan mis oídos y, ahora sí, comienzan a aparecer los aromas afrutados que echaba de menos. Vaya, pienso, acabo de superar los síntomas del catarro en veinte segundos.
En ese momento me doy cuenta de que mi actitud no ha pasado desapercibida y veo cómo el vecino de barra acatarrado me mira sin disimular su cara de asombro. Ya lo siento, pienso, a tí todavía te queda una semana para volver a disfrutar del aroma del pacharán.
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