Peligro: no comparar


Estoy en la cama despierto; me he despertado al poco de dormirme y estoy intentando recuperar el sueño. Entonces comienzo a escuchar gemidos y enseguida me doy cuenta de que es una vecina expresando su placer en voz alta. Y me pasa lo que suele ocurrirme cuando me descubro escuchando una conversación ajena: me quedo quieto, como si al moverme pudiera hacer algún ruido que ellos advirtieran. Para escuchar ruidos están estos, pienso, dándome cuenta de lo absurdo de mi reacción.
Sin embargo, al darme cuenta de que los gemidos aumentan de volumen y no parecen llegar a su fin, permanezco inmóvil, hasta respiro con cuidado, no para que no me oigan sino procurando que no se despierte mi mujer y se dé cuenta de la fiesta que hay en casa de los vecinos. Por que una cosa es ser testigo (lejano, pero testigo al fin y al cabo) de esta demostración de fondo sexual y otra enfrentarme a una de esas miradas que hasta se sienten a oscuras sin necesidad de verlas y que no necesitan acompañarse de palabras porque sin ellas tú en seguida interpretas: Mira, ésta sí que disfruta… y ya lleva un rato…
Y es cuando me doy cuenta de que una cosa es que uno mismo se compare con los demás y algo muy distinto que sea otra persona quien te compare.
Vas paseando, por ejemplo, y te fijas en un tío que está realmente cachas. Por supuesto te comparas y piensas que así podrías estar tú si hubieras seguido haciendo ejercicio.  Pero encuentras con facilidad justificaciones para no estar como él: seguro que él no tiene dos hijos, éste no trabaja las horas que yo trabajo, además parece más joven… Por supuesto ni se te ocurre pensar que el cachas puede tener más años que tú, más hijos que tú y hasta es posible que trabaje más horas que tú. A fin de cuentas eres tú quien compara y tampoco es cuestión de auto flagelarse.
Por eso son tan distintas las comparaciones cuando las hace otra persona. Esta vez vas paseando con tu mujer, te encuentras con el cachas y compruebas en tu piel lo distintas que son sus palabras: Fíjate, ya podías estar tú así. Claro que, con las cervezas que te bebes, el tiempo que pasas viendo la televisión y sentado con el ordenador, y con esa tontería que se te ha ocurrido de que ya es suficiente ejercicio el rato de Wii con los niños…
Menos mal que por lo menos ya no se oyen gemidos y mi mujer no se ha despertado. Y ahora que me doy cuenta: ésta es la primera vez que oigo estos ruidos. Claro, pienso, es algo muy especial lo que ha ocurrido en la habitación de los vecinos. Seguro que están empezando la relación y, ya se sabe, al comienzo todo es más intenso. Además seguro que son jóvenes y no tienen niños en la habitación de al lado. Y está claro que no madrugan tanto como yo, que a estas horas está uno muy cansado. Y… 


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